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Con la llegada del verano, miles de personas
optan por cambiar el aspecto blanquecino de su piel por un llamativo bronceado
que se cree símbolo de salud y belleza. Faltos de tiempo, acuden
a centros de bronceado que proliferan por doquier para obtener de modo
rápido y limpio tan deseado don.
El sol, nos proporciona dos tipos de rayos, los UVA y los UVB. Los primeros
son los encargados de oscurecer nuestra piel dándole este codiciado
tinte, los segundos son los que nos previenen de una irradiación
excesiva, provocando rojeces, escozores e incluso ampollas en exposiciones
prolongadas.
Las máquinas de sol artificial UVA suprimen del sol los rayos molestos
que escuecen nuestra piel. Este procedimiento permite recibir una mayor
radiación "bronceadora" sin los efectos molestos, pero
preventivos de las radiaciones eritematógenas.
No es difícil imaginar que en una sesión de 20 minutos de
sol artificial se pueda recibir una dosis de radiación UVA equivalente
a 4-6 horas de sol natural, y tal cifra se incremente en los "bronceados
intensivos".
Resulta una evidencia científica que las personas que han recibido
quemaduras solares, sobretodo durante su infancia, tienen un riesgo mayor
de desarrollar melanoma (cáncer de lunar). Durante años
se debatió si sólo la radiación UVB era la que provocaba
las alteraciones cancerosas en los melanocitos. En un estudio realizado
en Bélgica en los años 90, se demostró que las personas
que habían acudido a la playa con filtro solar padecían
posteriormente más melanoma que los que no lo habían utilizado.
No es que el filtro solar aumente el riesgo de padecer melanoma sino que
permite un mayor tiempo de exposición, y en consecuencia la dosis
total de radiación aumenta. Los filtros de hace una década
sólo evitaban la fracción UVB y dejaban pasar la UVA. En
aquella época los dermatólogos creían que la radiación
peligrosa sólo era la UVB, ahora tenemos muy claro que ambas lo
son.
También el fotoenvejecimiento guarda relación directa con
la cantidad de radiación recibida a lo largo de la vida. Nuestra
edad cronológica no coincide con nuestra edad aparente, ya que
el aspecto de nuestra piel depende de evidentes factores genéticos
y de las horas de sol (natural o artificial) que hayamos recibido a lo
largo de nuestras vidas.
La conclusión es evidente, a más sol (y es
más fácil obtener más sol con máquinas artificiales
que con el sol natural) más problemas dermatológicos futuros,
tanto aumentado estadísticamente nuestro riesgo a padecer cáncer
de piel, como matemáticamente nuestro fotoenvejecimiento.
Si en un país culturalmente avanzado se debieran cerrar los estancos,
también sería aconsejable prohibir los centros de bronceado.
Hoy por hoy nuestra piel más sana es la que recubre nuestros aún
pudorosos glúteos.
Grimalt-Dermatologia
La Vanguardia 11/06/2001
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