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Las estadísticas demuestran que
las quemaduras solares recibidas antes de los 6 años de vida aumentan
de manera considerable el riesgo a padecer cáncer de piel años
después. En edades más avanzadas la piel va adquiriendo
otros métodos de defensa frente a la radiación solar, se
vuelve más gruesa y pigmentada, lo que la hace menos vulnerable
a los rayos del sol.
Parece también evidente que la susceptibilidad de nuestras células
a recibir algún tipo de estímulo cancerígeno relacionado
con una radiación es mayor cuanto menor sea la edad en que se recibe.
De todo ello se desprende que resulta un error imperdonable permitir que
un niño se queme al sol.
Una prevención efectiva se consigue evitando la exposición
solar mediante el uso de prendas adecuadas, aprovechando las sombras y
huyendo de las horas de máxima radiación. Durante años
el consejo de utilizar filtros solares se ha añadido a estas recomendaciones.
Algunos estudios sugieren que los filtros disponibles actualmente podrían
no resultar suficientes para prevenir la aparición de este tipo
de cáncer ya que protegen de la mayor parte de la radiación
ultravioleta pero no de la totalidad.
La confusión vino provocada por un trabajo publicado en el International
Journal of Cancer, que comprendía pacientes de Alemania, Bélgica
y Francia. En él se estudió la incidencia de melanoma entre
la población que utiliza filtros solares y la que no lo hace, para
dilucidar si los pacientes que lo padecieron utilizaban filtros en mayor
o menor grado que los que no sufrieron cáncer. O sea, al preguntar
a sus pacientes sobre el uso de filtros, en realidad se les estaba interrogando
indirectamente sobre sus hábitos de exposición solar. Los
resultados del estudio fueron aparentemente desconcertantes: los individuos
que utilizaron filtros solares, al contrario de lo que cabría esperar,
tuvieron una mayor incidencia de melanoma maligno que los que no los utilizaron.
Evidentemente ello conduce a suponer que estas personas, confiadas por
la protección que les ofrecía el filtro, se expusieron una
mayor cantidad de horas a la radiación solar y aumentaron, con
ello, el riesgo de enfermar. Sin embargo, una segunda interpretación
obliga a dudar de los datos obtenidos por este estudio y a considerar
que el problema podría residir en los filtros. Esta sospecha se
basaría en que la mayor parte de ellos podrían no filtrar
suficientemente unas longitudes de onda determinadas que, aunque hasta
ahora se hayan considerado inofensivas, podrían demostrarse como
dañinas en un futuro. Los expertos en melanoma maligno declaran
que en el momento actual no disponemos de datos suficientes que nos permitan
asegurar categóricamente que los filtros utilizados puedan disminuir
el riesgo de padecer melanoma, aunque, sin lugar a dudas, sí previenen
tanto la aparición de otras múltiples lesiones dermatológicas,
como el conocido fotoenvejecimiento. De hecho, la prevención efectiva
consiste más en evitar que el sol alcance la piel que no intentar
debilitarlo con filtros de tanta importancia comercial.
Los numerosos estudios que actualmente se realizan para determinar los
posibles factores etiológicos del melanoma han destacado otras
causas, posiblemente más importantes que el propio sol, como los
oncogenes. Éstos determinarían que una persona naciera con
una predisposición genética a padecer melanoma y, en ella,
los factores externos desencadenantes, como por ejemplo una excesiva exposición
solar, solamente se encargarían de precipitar su aparición.
Mientras este factor genético no pueda ser determinado con mayor
exactitud y la tecnología no permita modificar, mediante ingeniería
genética, este riesgo, la prevención deberá centrarse
en evitar una excesiva exposición solar y de un modo especial en
los niños.
Grimalt-Dermatologia
La Vanguardia 27/07/2001
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